• Claudia Gonzalez
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“Rumor de Agua”
Pinacoteca Universidad de Concepción
Enero 2016

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Los mapas han empapelado nuestro inconsciente colectivo moderno. El mapa ha sido tradicionalmente la representación visual por excelencia del espacio como estructura organizada; un intermediario de nuestra relación con el entorno, hoja de ruta y bitácora para exploradores. Pero también sabemos que el mapa ha sido construido generalmente al servicio de un interés, ya sea de manera explícita o disfrazando con su retórica de dibujos, diagramas y colores, operaciones ideológicas, instrumentalizando el relato histórico y convirtiendo su despliegue en el trazado de algún plan geopolítico que persigue la dominación territorial, económica o simbólica. Por lo mismo, no es de extrañar que actualmente y de manera creciente el concepto de mapa esté siendo utilizado como dispositivo de subversión. En las últimas décadas observamos una serie de prácticas que cuestionan su pretensión de objetividad, contraponiendo y haciendo visibles otras lecturas de la realidad no sólo en el ámbito artístico, como lo hacía la Internacional Situacionista y sus ejercicios psicogeográficos, sino también desde las ciencias sociales y los colectivos organizados. Por ejemplo, entre 2004 y 2006 la antropóloga Iréne Hirt lideró con la comunidad Pikunwijimapu, un proyecto de mapeo participativo entre Valdivia y Temuco que pretendía levantar un mapa cultural y político del territorio ancestral de Chodoy lof mapu, territorio anterior a la conquista española y a la colonización chilena y la consecuente erradicación forzada de los mapuche. La construcción de este mapa colaborativo incorporó de manera protagónica los sueños de los participantes. De esta manera, como afirmaba Hirt, la lucha mapuche por la reapropiación de sus territorios tradicionales también se desarrolla en el campo epistemológico y cultural. Es así como la contra-cartografía no sólo pone en duda las determinaciones políticas que animan el trazado de líneas en un plano, sino también a sus propios agentes y metodologías como parte de un discurso. De esta manera estas contra-cartografías dan valor a otras lógicas de comprensión, alteridad y luchas contra-poder.

Será justamente desbordando el marco de un pensamiento positivista y de una tradición occidental hegemónica, que podemos situar el trabajo de Claudia González Godoy y su instalación Rumor de Agua presentado en la Pinacoteca de la Universidad de Concepción. Su instalación es sólo la culminación de un proyecto mayor en el que por un lado desafía la lógica del mapa clásico -centrado en la visión-, ofreciéndonos la oportunidad de escuchar ese territorio al que alude y, a la vez, hace presente a uno de los elementos que constituyen la identidad territorial de la región del Bío Bío: el agua.

Claudia, como en los trabajos escolares de cuando dibujábamos mapas en las clases de geografía, ha utilizado, en vez de lápiz scripto, hilo conductivo; y luces led, en vez de colores. Así, recuperando la práctica del bordado, ha trazado un fragmento de la ciudad de Concepción desde el centro hasta la desembocadura del Bío Bio y las luces leds para señalizar los lugares donde ha registrado el sonido de distintas fuentes de agua. Junto a ello, volviendo la abstracción de los mapas tradicionales a la dimensión de lo real, ha dispuesto una serie de objetos encontrados en su recorrido como exploradora del territorio -recipientes y contenedores- hoy desclasificados del valor de mercancía pero que advierten de la relación factual con la vida cotidiana en las calles.

En la exposición también despliega, como si se tratara de otro mapa, la mochila que ha utilizado en sus caminatas de registro: audífonos, grabadoras, ,micrófonos de contacto, lápices, una regla… exhibiendo así las herramientas con las que ha (a)bordado el territorio, mostrando de esta manera las costuras de su metodología de trabajo. A diferencia del artista decimonónico que engañaba al ojo con su oficio pictórico, el trabajo de Claudia convierte cada experiencia artística en una receta o formula de código abierto.

Si la ciudad se plantea como plataforma básica de la experiencia política del individuo en un mundo globalizado, la cartografía sonora que Claudia nos ofrece hace de su mapa de Concepción una superficie íntima que da cuenta de su propia experiencia de flaneur por la ciudad, mediada por los lápices y el dibujo y por los aparatos tecnológicos que en operaciones de transducción reconstituyen el espectro desde lo no visible. De lejos sus diagramas cartográficos -los mapas y la mochila extendida- parecen fragmentos de un atlas antiquísimo, vestigios arqueológicos de un pasado ignorado. Pero para descifrarlos será necesario acercarse y no sólo ver, sino escuchar. Y ahí están: el susurro del agua o el sonido de la bobina inductora que captura las frecuencias electromagnéticas y que nos hablan, con su voz alienígena, de un extraño presente compartido.

Valentina Montero, enero 2016, Barcelona

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